Éste no es un artículo político, sino económico.
Políticamente podríamos debatir si la moneda única y toda la parafernalia
europeísta que conllevó fue legítimamente impuesta por los gobernantes que la
llevaron a efecto, pero no entraré ahí.
La cuestión que abordaré se refiere a uno de los objetivos
fundacionales de la Unión Económica y Monetaria (UEM), y que a día de hoy es la
gran medalla que se cuelgan en la pechera los europeístas. “La UEM vigilará la
estabilidad de precios, la inflación, que debe ser inferior pero acercarse al
2%”. Frecuentemente se nos recuerda que esta misión se ha cumplido a rajatabla
(la media sale 1,9% en la zona euro), y ello demuestra uno de los propósitos originales
de la UEM: velar que el euro no implique un empobrecimiento de la población.
Como ya se imaginará el amable lector algo pasa aquí, porque
no es posible que la inflación (el IPC o índice de precios al consumo) diga que
la vida casi no se encarece y nuestras familias cada día tengan menos dinero a
fin de mes y que todo esté más caro.
Hay varias mentiras, pero una de ellas, bastante grande, se
encuentra camuflada en el número, el IPC. El IPC calcula la variación anual del
precio de una cesta de bienes, representativa del coste de la vida del país. Si
el IPC sube un 2% significa que en media es un 2% más caro vivir en España. En nuestro país,
la variación desde la adopción del euro ha sido ésta:
- Inflación 2002 = 4,0%
- Inflación 2003 = 2,6%
- Inflación 2004 = 3,2%
- Inflación 2005 = 3,7%
- Inflación 2006 = 2,7%
- Inflación 2007 = 4,2%
- Inflación 2008 = 1,4%
- Inflación 2009 = 0,8%
- Inflación 2010 = 3,0%
- Inflación 2011 = 2,4%
Si hacemos números notaremos que algo que en 2002 valía 166 pesetas
(un euro), hoy debería costar unas 219 pesetas (1,31 euros). En otras palabras,
el coste de vivir en España en estos últimos 9 años se ha encarecido un 31%.
No sé vosotros, pero si yo le digo a mi madre que deje de quejarse,
que el aumento del coste de su cesta de la compra en esta (casi) década es sólo
el 31%, me pega tal guantazo que no le quitan mi custodia únicamente porque ya
tengo 37 años.
En esta web
tenéis la variación a 10 años de algunos productos (en mercados primarios). Os
reto a que encontréis algo que haya subido sólo el 31% (pulsad en el rango 10a,
diez años).
¿Dónde está el engaño? ¿En la relación de bienes de la
muestra del IPC? Esta cesta se actualiza frecuentemente y tenéis la última
versión aquí.
En la actualidad el IPC reúne gastos tan extravagantes como discos
duros portátiles, notebooks, tablets, fotodepilación, depilación láser y
logopeda, pero el engaño está en los pesos y las ausencias.
Actualmente rara es la unidad familiar que no destina más de
un tercio de su renta líquida a pagar la vivienda. Pues bien, en primer lugar
en el IPC no aparece el precio de la vivienda en propiedad (para defender este
disparate se dice que la vivienda es un “bien de inversión”, lo cual es otra
gran mentira. Dedicaré un artículo a desmontar ese bulo), y la vivienda de
alquiler aparece sumada a agua, electricidad y combustibles (¡!) y pesa un
11,7%. O sea, que según el IPC destinamos menos del 12% de nuestro gasto
mensual a la vivienda y, en todo caso, un poco más en vivienda que en hoteles y
restaurantes, y mucho menos que en transportes y alimentación.
La auténtica realidad es que la familias española se han
empobrecido terriblemente en la última década. Y ello por dos factores. El
primero, el nivel de endeudamiento, asumido en su mayor parte para pagar
activos muy por encima de su valor (ladrillo). Mucha gente se jubilará con un
piso y 2.000 euros en el banco, incapaces de ir al supermercado. “No hay
problema, porque la vivienda es un bien de inversión”, dirá algún lumbrera. El
endeudamiento, junto con la presión fiscal, es lo que determina la cuota de
renta líquida que queda a las familias para afrontar los gastos corrientes.
Cada vez hay menos renta y ése es el primer factor de empobrecimiento (no hago
mención a los salarios, pues considero esta variable independiente del consumo
y sus precios).
El segundo factor de empobrecimiento es la hipereinflación
encubierta que hemos sufrido en la última década. Medida lógicamente en
términos reales, no los teóricos de esa mentira llamada IPC. Y a esa
hiperinflación contribuyen los impuestos (en carburantes, por ejemplo), y en
intereses bancarios para compras financiadas a crédito que antiguamente,
nuestros padres, compraban con un menor nivel de apalancamiento.
Cierro este artículo animándoos a que os informéis sobre el
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11 de junio. Echad un vistazo a la web del curso y no dejéis de apuntaros.



